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Publicado: 13/11/2010
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Fuente: Diario Perfil

Además de tener un cabildo más añejo que el porteño y la universidad más antigua del país, Córdoba quiere tentar con cosas nuevas a los turistas que pisan la ciudad. Y lo está logrando.

La Cañada. Atravesada por el Suquía, la vida de Nueva Córdoba gira a su alrededor. En el barrio más moderno, es posible hacer jogging, patinar, caminar, tomar algo en algún bar y elegir alguna torre con vista para vivir.

Patrimonio, fernet y cuarteto. No necesariamente en ese orden, son las primeras asociaciones que surgen de una encuesta espontánea entre los viajeros para definir la ciudad de Córdoba. La capital mediterránea es donde se encuentra la mayor cantidad de acervo colonial de la Argentina. En sus cuatro o cinco manzanas centrales conviven los templos que alguna vez ocuparon los jesuitas y luego pasaron a manos de los franciscanos, un Cabildo más antiguo que el porteño, una catedral del siglo XVII, la sede de la primera universidad del país y algunos de los incunables más antiguos de este lado del mundo.

Pero además, la ciudad es una de las que se han remodelado con más ahínco, aprovechando el casi terminado año del Bicentenario. “Más del 60 por ciento de la cara histórica y turística de la capital ya está lista”, dice entusiasta Gustavo Santos. Su cargo oficial, presidente de la Agencia Córdoba Turismo, resume el espíritu de colaboración pública y privada que la provincia pretende imponer como modelo en otras regiones del país. Faltan algunos trabajos de iluminación, pero –a decir de los propios locales– caminar por la zona histórica de noche es “un regalo para los ojos”: los principales predios de la ciudad se han sometido a la puesta en valor pensada para celebrar los 200 años y brillan cuando cae la tarde. Es que la capital actúa como punto de distribución de una provincia donde la actividad turística es, según Santos, “la mayor fuente de ingresos”. Pero la ciudad en sí no formaba parte de los destinos principales de los viajeros. Hasta ahora.

Camino sobre el tiempo

Los adoquines de los solados relucen. Se trata de caminos angostos diseñados a la vieja usanza, como callejuelas coloniales, pero que sirven para delimitar los recorridos turísticos a pie. En el que separa el antiguo Cabildo con la Iglesia Santa Catalina de Siena –cuya plazoleta está remodelada a nuevo– está la D2. En la antigua dependencia policial funciona hoy el Museo de la Memoria.

En la puerta de entrada, impresionan las dos gigantescas huellas digitales dibujadas con los nombres de todos los desaparecidos que estuvieron detenidos en los campos clandestinos que funcionaron en esa dependencia durante la década del 70. Y para saltar otra vez en el tiempo, recorrer los cuatrocientos metros peatonales de “la” Obispo Trejo servirán de puerta de entrada a la nueva cara de la capital. Ahí convive el antiguo Colegio de Santa Teresa de Jesús –con su fecha, 1782, acuñada en la puerta– con boutiques de vidrieras minimalistas montadas sobre fachadas históricas. También se descubre cómo, a metros de la histórica Manzana Jesuítica, el predio que ocupaba el ex Convento de las Carmelitas Descalzas es hoy un solar perfectamente mantenido, pero que alberga un solárium, un elegante restaurante, un gimnasio y almacenes naturistas. Cuando se pregunta por qué, la respuesta sorprende: las religiosas de esa orden –la más poderosa prestamista desde la época de los jesuitas en adelante– son las propietarias de al menos siete manzanas en pleno centro cordobés (alrededor de la Plaza San Martín y sobre las calles San Jerónimo, Rosario de Santa Fe, Buenos Aires e Ituzaingo, entre otras).

Pero al llegar al final de Obispo Trejo, donde se cruza con el Boulevard San Juan, el espíritu de la ciudad cambia radicalmente: el centro comercial Patio Olmos es la puerta de entrada, literal, a la Nueva Córdoba. Esa que alberga estudiantes –el 12 por ciento de la población de la ciudad son universitarios–, ejecutivos, artistas, escritores, diseñadores y amantes de las Bellas Artes repartidos en las diez manzanas que recalan sobre la avenida Hipólito Yrigoyen y los bares y pubs que se suceden uno junto a otro sobre la calle Rondeau –de noche, quien consiga una mesa puede considerarse afortunado–; y la misma que busca integrar una imagen actual a una ciudad que dormía sobre sus antiguos laureles.

25 cuadras de arte

El corredor armado desde la plaza San Martín, en el centro, hasta la avenida principal del barrio Nueva Córdoba nuclea teatros, museos y centros culturales. Para darle un aire clásico pero con espíritu siglo XXI, la llamaron Media Legua de Oro Cultural. El recorrido empieza en el Teatro Real, que luce sus jóvenes 80 años con la cara recién lavada. De allí se baja al teatro Libertador San Martín –“el Colón cordobés”, más antiguo que el coliseo porteño (de 1892)–, que sirve de sede a los cuerpos artísticos estables de la provincia. Para visitar las instalaciones, lo mejor resultará sacar entradas para algún espectáculo: todavía no tienen implementadas visitas guiadas.

Llegar al Museo Superior de Bellas Artes Evita Palacio Ferreyra –el nombre es tan importante como el palacio francés del siglo XVIII que lo alberga– es la verdadera sorpresa. La mansión que el poderoso cordobés Martín Ferreyra encargó a Luis Agote y al arquitecto Paul Sanson debía reproducir a imagen y semejanza el hotel Kessler, su enclave favorito en el Viejo Mundo. Reabierto como museo provincial en 2007, todo está impecablemente restaurado: la boiserie, los mármoles, las venecitas y las doce salas con 400 obras de arte del acervo provincial más un anexo moderno, vidriado y al que se accede por escaleras forradas en cuero de vaca, con la obra que el artista Carlos Alonso dedicó a la memoria de su hija, detenida y desaparecida en Córdoba durante la dictadura. Y si se tiene suerte, durante la visita tal vez ensaye algún coro.

Para tomarse un respiro después de semejante experiencia, el Paseo del Buen Pastor –tres cuadras más abajo, sobre Hipólito Yrigoyen– es el mejor lugar. En 1894 se habían armado allí la antigua cárcel y el orfanato femenino. Reabierto en 2003, conserva la silueta original del edificio pero ofrece bares, galerías de arte, locales y restaurantes rodeados por una fuente de aguas danzantes, orgullo local, que reproduce un espectáculo musical cada hora impar, desde las 15. Si después se prefiere un poco de historia para combinar, la capilla colindante es de 1901 y conserva los murales originales intactos. Ya no funciona como iglesia, pero la acústica se aprovecha para conciertos y recitales que se repiten a diario, todo gratis.

Y para terminar el raid de museos, no se puede obviar la nueva estructura del Museo Caraffa. El antiguo museo provincial aprovechó su casco clásico –es de la época del Museo Nacional de Bellas Artes porteño– e incorporó un nuevo frontis de cemento y vidrio que no envidia nada a ninguno más moderno. Además de usarse el espacio para exposiciones temporarias, la obra del catamarqueño-cordobés Emilio Caraffa –que pintó, entre otras, la cúpula de la Catedral– se mudó allí. A quienes todavía les quedaron ganas, el circuito termina con el Museo Provincial de Ciencias Naturales, sobre la Av. Poeta Lugones, que resume la historia de la evolución en un edificio reciclado en forma de caracol. El parque Sarmiento, diseñado hace más de cien años por el omnipresente Carlos Thays, es el vecino de atrás de estos dos últimos predios, y sirve de pulmón al área atosigada de construcciones de Nueva Córdoba.

San Telmo cordobés

Se ufanan de tenerlo y de que todavía es poca la gente que lo ha “invadido”. Pero el barrio Güemes, una extensión natural de Nueva Córdoba, se integró a este flamante circuito con onda bohemia. Era un antiguo arrabal que Perón reedificó durante los años de oro de su gobierno, y entregó a los obreros cordobeses con las típicas casas con antejardín y una sola planta. Con los años, sus vecinos se fueron mezclando y el barrio perdió su esencia. Hoy, la calle Belgrano –exactamente del otro lado de Hipólito Yrigoyen, cruzando La Cañada que da cauce al no muy caudaloso río Suquía– se convirtió en hogar de artesanos, anticuarios y bares culturales, con visitas guiadas gratuitas que terminan en el Paseo de las Artes, una feria de antigüedades y objetos que se monta cada fin de semana. La salida, que se repite los domingos a las 17, parte de Belgrano y Fructuoso Rivera, donde funcionaba la Casa de Pepino, un almacén de ramos generales de principios del siglo pasado. Después, la Belgrano es reducto de noctámbulos. Pero cuarteto, por aquí, se escucha poco.

Fuente: Diario Perfil


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