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Publicado en 06/03/2011 Fuente: Clarín Viajes |
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La tranquilidad pueblerina de Barreal anticipa un sorprendente paseo por Pampa de El Leoncito y un complejo astronómico, rodeado de montañas, ríos y cascadas.
Es inútil el esfuerzo del instructor. Hace lo posible por transformar a su alumno en un piloto avezado, pero no hay caso. El aprendiz –un turista subyugado por la arcillosa planicie de 12 km de largo y 5 km de ancho, sin un solo obstáculo que borronee la vista de la Cordillera– prefiere desentenderse de la conducción de la máquina y disfrutar del paseo. El viento sopla con furia desatada y el carrovela –un extraño karting impulsado por dos ruedas de auto, una de motoneta y una vela atada a un mástil– ya supera los 80 km por hora, sobre el suelo agrietado de Pampa de El Leoncito, 250 km al oeste de San Juan capital.
Los turistas primerizos, que acaban de deleitarse con la tranquilidad pueblerina de Barreal –desprovista de ruidos, casino y carteles luminosos–, recorren 30 kilómetros hacia el sur para alcanzar el éxtasis aquí. En este extenso paisaje semidesértico, el estado de pureza total salta a los costados, donde se levantan los cerros del Parque Nacional El Leoncito y el cerro El Tontal, un estilizado cono que se eleva más de 6 mil metros.
Los ojos sorprendidos observan y admiran esas imágenes, hasta que descubren a un costado de la ruta 412 la gigantesta lengüeta blanca de la Pampa, una cuenca sedimentaria que hace millones de años albergaba un lago. Mientras los visitantes retratan con sus cámaras las piruetas que ensayan sobre la superficie desolada y el viento deforma, los colores de las velas lanzadas en velocidad sobrecargan los tonos rojizos del fondo montañoso. Unos gritan su euforia. Otros lanzan aullidos de alegría. Pero en esta llanura pelada sólo se escucha el viento.
Del desierto al vergel
El panorama cambia decididamente del otro lado de la ruta, donde se ingresa al Parque Nacional. El viento muta en una brisa inofensiva, asoman las primeras tropillas de guanacos y suríes (especie de ñandú cordillerano) y el suelo recupera los verdes descoloridos de alpatacos, jarillas, jumes, retamos y arbustos. Para llegar al puesto del guardaparque, hay que superar un angosto tramo de ripio sobre la precordillera y una recta de tierra trazada entre álamos.
Por el sendero “Paisajes del agua”, una caravana de aficionados al trekking carga sus mochilas con agua mineral, cámara de fotos y abrigo. Los esperan 2.200 m de caminata, que se inician de manera inmejorable: una bajada hasta un cañadón, empapado por la cascada El Rincón. El torrente cae desde 40 metros y estalla en una pileta natural. Baja un águila mora desde los faldeos rocosos y planea sobre un chinchillón y un lagarto cola de piche, dedicados a disfrutar de los últimos rayos que le quedan al atardecer.
El sol se marcha sin dilaciones y no quedan señales de un grueso nubarrón que había amenazado con arruinar el día espléndido. Entonces, el firmamento de esta región de San Juan recupera esa nitidez que le otorga fama internacional como “uno de los cielos menos contaminados del planeta”. Es una tácita invitación para espiar los movimientos de asteroides y estrellas.
Los más prominentes astrofísicos del mundo suelen enriquecer los conocimientos en la materia, a partir de estudios que realizan en los dos complejos astronómicos, instalados a pasos de la base del guardaparque, a 2.552 metros sobre el nivel del mar. Cuentan a favor con el dato de que esta zona es iluminada por 270 a 300 noches despejadas al año.
La visita guiada al Observatorio Astronómico El Leoncito empieza con una charla introductoria en el playón exterior, enmarcado por la magnífica postal de las montañas y el tenue sonido de arroyos y cascadas. La guía Claudia Alamo señala un telescopio posado sobre el cerro Urek, al norte. Cada vez que los inexpertos turistas interrumpen el relato para preguntarle sobre “Los 7 cabritos”, “Las 3 marías” y “La cruz del sur”, ella responde con infinita paciencia sanjuanina y retoma la clase abierta: “Casi el 50 por ciento de las estrellas que se ven solas son sistemas dobles o triples. También se observan nebulosas (como Orión y Tarántula), cúmulos globulares –que son fósiles estelares– y constelaciones”. Después refiere a otro telescopio, que estudia manchas y explosiones solares cada vez más frecuentes. Ya en el interior del recinto, reparte cascos para recorrer los tres pisos del Observatorio.
Acaba de seguir de largo el último escollo que podía llegar a impedir la observación de este cielo tan ponderado. Los científicos saben que el temido viento zonda suele chocar contra las laderas, dejar polución y generar turbulencia. Pero esta vez fue piadoso y no apareció. Ahora sí, Alamo es puro optimismo, ante la inminencia de una noche bien oscura, perforada por la luna, que brilla en cuarto menguante. Vamos a poder maravillarnos con la Vía Láctea, sin necesidad de recurrir a ningún aparato. Todo un privilegio.
Fuente: Clarín Viajes
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