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Publicado: 29/11/2009
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Fuente: Página 12 Turismo

Un fin de semana en esta apacible ciudad donde no sólo se respira aire con aroma a naranjas. Desde tiempos remotos hasta la actualidad, un recorrido por los museos paleontológico e histórico regional y una visita al atelier de un reconocido artista plástico. Pero también, agroturismo en La Campiña y un truco en un antiguo bar de campo.

San Pedro es un lugar de paso entre la Capital y Rosario, al que se puede llegar por aire –tiene aeroclub–, en tren –dos frecuencias diarias–, navegando por el Paraná y por ruta”, enumera entusiasmado Norberto Atrip, director de producción y turismo de la ciudad, durante un apacible y soleado mediodía sampedrino. En diálogo con TurismoI12, el funcionario señala que las aguas del río Paraná dividen Buenos Aires y Entre Ríos, “formando un atractivo talón donde se termina la Pampa y empieza la Mesopotamia”.

Pero San Pedro es mucho más que un lugar de paso. Resulta ideal para escaparse un fin de semana de la gran ciudad en busca de la naturaleza, para descubrir que no sólo es un lugar donde se respira aire puro con aroma a duraznos y naranjas. Es que esta pequeña ciudad con sus verdes y abruptas barrancas de cara al Paraná cuenta con una decena de museos y una intensa actividad cultural. “El sampedrino es inquieto, la ciudad es muy movida culturalmente y la gente tiene ganas de organizar cosas continuamente”, argumenta José Luis Aguilar, director de Cultura de la ciudad.

DE MUSEO EN MUSEO

La postal del centro sampedrino está compuesta por la Parroquia Nuestra Señora del Socorro y el tradicional Club Náutico, de cúpula roja y omnipresente de cara al Paraná. Frente a la iglesia se erige el antiguo edificio de la Municipalidad –también muy bien conservado–, en cuya cúpula hay un bello reloj que aún utiliza grandes y pesadas agujas para indicar el paso inexorable del tiempo, una cuestión que se puede palpar con sólo atravesar la calle para iniciar un recorrido por los museos de las calles aledañas.

José Luis Aguilar es, además de director de Cultura, el principal impulsor del Museo Paleontológico de San Pedro, una iniciativa que nació casi de casualidad. “Yo andaba por la Vuelta de Obligado buscando arbolitos para educarlos como bonsái –recuerda Aguilar mateando en la oficina del museo–-. Las lluvias habían cortado un pedazo de terreno y vimos algo raro que nos llamó la atención. Volvimos con un par de amigos más y los sacamos con las herramientas que teníamos.” Lo “raro” terminó siendo el fémur de un armadillo gigante, según pudieron constatar luego en el Museo de Ciencias Naturales, desde donde los impulsaron a seguir explorando. Ese fue el puntapié inicial de una historia que llevaría al grupo conservacionista de fósiles a encontrar, entre muchos otros restos, los de una manada entera de perezosos gigantes y un perro salvaje prehistórico, el Therodictis platensis, del que solamente existen dos ejemplares en todo el país. Hoy, gracias a la iniciativa del grupo conservacionista liderado por Aguilar y a la ayuda de la Municipalidad que les cedió una vieja casona en ruinas, todos estos fósiles se pueden apreciar bien iluminados y conservados en este pequeño pero agradable y prolijo museo que busca financiación para poder ampliarse y exhibir algunas de las tantas piezas que tienen guardadas y aguardan, hace millones de años, ver la luz.

Otro sitio para visitar es el Museo Histórico Regional, que cuenta con diversas salas “temáticas” sobre los orígenes y evolución de la ciudad.

Tomando velocidad pero no distancia, a escasos metros, los amantes de los fierros encontrarán un lugar que los convoca: el museo Osvaldo “Pato” Morresi, en memoria a un hijo pródigo de estas tierras fallecido en un accidente durante una carrera del TC. En la sala se exhiben el auto totalmente reconstruido con el que sufrió el accidente, posters y ejemplares de viejas revistas Corsa reviviendo sus grandes hazañas, trofeos, la botella de champagne sin abrir como símbolo del premio post mortem, tuercas de todo tipo tamaño y color, y más.

Eduardo Dlapa, responsable de la radio FM Génesis y el portal Sanpedroinforma, destaca la gran cantidad de alternativas culturales que genera la ciudad y recomienda ir a la Casa Museo Fernando García Curten.

Y hacia allá vamos. Alejándose del centro, pero siguiendo la ruta museológica, el visitante puede acercarse hasta la casa de García Curten, un gran artista plástico que recorrió el mundo pero eligió San Pedro, su cuna natal, para quedarse. La visita comienza en el pasaje Luis Felipe Noé, un largo pasillo que desemboca en un jardín verde y arbolado, donde merodean un par de gatos. Fernando, el escultor, el dibujante, el artista, está sentado allí, echando humo a su pipa. El borde de su bigote, amarillento, antecede una larga y blanca barba, que por poco no roza la antigua enciclopedia que lee atentamente. Sus esculturas son criaturas que merecen un capítulo aparte, pero se puede decir que son obras que remiten a lo peor de la condición humana. “Es la imagen triste del inconsciente”, dice el artista.

RIO TALA

¿Qué tienen en común un viejo bar próximo a cumplir su centenario, casi intacto e inerte al paso del tiempo; dos periodistas que condujeron por muchos años uno de los noticieros más vistos de la televisión argentina; y un empleado administrativo de una multinacional petrolera? Río Tala es la respuesta.

Aquí conviven el antiquísimo bar EL Lazo, regenteado por Pedro Lazo, nieto del fundador, el local donde la peonada va por unos tragos después de la jornada de recolección; La Campiña, el emprendimiento de agroturismo de César Mascetti y Mónica Cahen D’Anvers y una agradable parrilla frente al sembradío bautizada Los Abraham, cuyo entusiasta dueño, Luis Galavanesky, se obsesiona con que el pueblo de su familia, su pueblo, tenga vuelo propio.

A sólo doce kilómetros del centro por la Ruta 1001 –ojo con los pozos–- que conecta con la Ruta 9, este pequeño paraje es casi una extensión sampedrina. A un lado y otro del asfalto, florecen los campos de naranjas y duraznos que poco a poco van perdiendo terreno frente al omnipotente monocultivo de la soja. Es plena época de cosecha y los puestos ruteros ofrecen en grandes cartelones las frutas a precios increíbles.

El Lazo es como un viaje en el túnel del tiempo hacia comienzos del 1900. La única diferencia, quizá, radica en que los parroquianos portan celulares y deben salir del bar para fumar, signo de estos tiempos. El resto es la imagen de un cuadro de Molina Campos, tal como los que adornan algunas paredes del lugar, entre espuelas, rebenques, botas y voleadoras. Por fuera, la chapa de zinc que abarca toda la esquina es la misma de siempre. Frente al Lazo, el Almacén de Ramos Generales de Raúl Coma, con viejos surtidores de nafta en desuso y ladrillo a la vista, completa la escena histórica en pleno siglo XXI.

Puertas adentro, los hombres de campo juegan al truco por los porotos, alborotados y con público alrededor. En la barra, ataviados con boina o sombrero de ala, bombachas de campo y botas, toman vino con soda en sifón y cerveza. Pedro Lazo, el dueño, cuenta que el año próximo el bar cumple 100 años, aunque no recuerda con precisión el mes en el que su abuelo lo abrió. Pedro vive allí mismo junto a su madre, sentada a una mesa solitaria, detrás de la barra, en el comedor de su casa. Desde allí atrás, observa quién entra y quién sale, pero no llega a ver más allá. Lo que pasa allí dentro, es cosa de hombres. Mujeres, ni una sola.

En la entrada de Río Tala, un cartelón gigante anuncia la llegada a La Campiña. El emprendimiento de la pareja de periodistas es uno de los sitios de referencia inevitable para quien visita San Pedro. Todo comenzó en el año ‘79 con doce hectáreas y cuatro mil plantas de naranja. Hoy, son quinientas hectáreas y unos cien mil árboles frutales, circundados por una cortina de esbeltos álamos que protege las plantaciones de los embates del viento. Un guía amable y especializado acompaña al visitante en el recorrido que comienza en el corredor que forman los naranjos que, una vez florecidos, vuelan sin escalas a Europa. La visita continúa por el galpón de empaque, el colorido huerto, el palomar de César, la dulcería y el almacén. Al finalizar el recorrido, el restaurante resulta una buena opción para el almuerzo o la merienda.

LA VUELTA OBLIGADA

Antes de emprender la retirada, vale la pena recorrer los diecinueve kilómetros hasta Vuelta de Obligado, para visitar el monumento y sitio histórico en homenaje a la batalla que allí libraron las fuerzas nacionales de Juan Manuel de Rosas, al mando de Lucio Mansilla, frente a las fuerzas anglo-francesas, una batalla heroica pero perdida. El Museo Histórico Batalla de Obligado es una sala que atesora algunas de las piezas que aún hoy se siguen encontrando, gracias al trabajo del grupo conservacionista de fósiles. Próximamente se inaugurará allí mismo un nuevo Centro de Interpretación de Flora y Fauna.

Nadie puede irse de San Pedro sin probar la dulcísima y exquisita ensaimada, llegada hasta aquí de la mano de los inmigrantes mallorquines, quienes la elaboraban con manteca de cerdo y sin relleno. La versión local, rellena de crema pastelera o dulce de leche, es ideal para acompañar unos amargos durante el viaje de vuelta.

Fuente: Página 12 Turismo
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-1665-2009-11-29.html


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