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Publicado: 23/01/2011
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Fuente: Página 12 Turismo

A menos de cuatro horas de Buenos Aires, Tandil ofrece un tridente infalible: naturaleza serrana para el descanso y la aventura, intensos sabores regionales de quesos y chacinados y un ritmo de pueblo que se agita en la temporada veraniega.

“Ay Tandil...”, suspira una mujer en el micro que llega a la terminal temprano. Está fresco, pero el aire puro y un dejo a perfume de tierra mojada le dan la bienvenida. “Qué lugar, qué lugar más hermoso.” La frase guarda tanta verdad como sencillez: sí que es bella esta ciudad, y más aún para los recién llegados del calor porteño. Para quien ha conocido antes Tandil, su notorio crecimiento no parece dañarla ni descontrolarla: hay cierta armonía en su desarrollo. Por si fuera poco es un día de sol franco, y en el camino al hotel los destellos rebotan y brillan sobre las calmas aguas del dique contenedor de los cauces que bajan de las laderas al valle. Su laguna es sitio de deportes náuticos como el canotaje y la vela, y un lugar propicio para la pesca y el esparcimiento. Alrededor de ese parque se agrupan cada fin de semana locales y visitantes, yendo y viniendo por el alto sendero que muestra a un lado el perfecto espejo de agua, y hacia el otro un precipicio considerable.

Sierras todo terreno

“Siempre digo que hay de todo para hacer, pero nada tan placentero como descansar en nuestras sierras”, afirma Ernesto Palacios, director de Turismo de la ciudad, confirmando que este verano habrá –además de la tranquilidad– acción apta para todo público con cuatriciclos, mountain bike, escalada, parapente y hasta saltos en paracaídas. Completan las novedades el nuevo balcón-mirador del Parque del Bicentenario, en medio del bosque; y el Paseo del Mirage, exposición del histórico avión de guerra de la sexta Brigada Aérea de Tandil, suspendido en el aire con una plataforma especial.

Claro que, si hay que mencionar las alternativas estables, lo ideal es encontrarse con los “locos” de Kumbre, empresa de aventura con toque casero, conducida por dos personajes de historieta, amantes como pocos de su lugar. No es difícil encontrarlos: hay que pasar por la avenida 9 de Julio y frenar donde haya una Ford F250 furiosamente amarilla, con cúpula y triple ventanal, refaccionada por ellos mismos para cargar hasta 15 personas. “La nave es la compañera ideal para la aventura en las sierras”, dice Marcelo Palahi, dueño y guía. Con ellos emprendemos el camino al cerro Granito, terreno elegido para el rapel y la tirolesa. Es curioso: la inserción de estos relieves en la propia ciudad hace que en pocos minutos uno pueda estar en una cima disfrutando de actividades, o simplemente tomando un mate desde cualquier mirador sobre el valle de casitas bajas. No todas las sierras son iguales, pero podría decirse que con decisión, algo de estado y buen calzado, ninguna es imposible. A la propuesta, el dúo Palahi y Carlos Centineo le suma gran profesionalismo: “Fijate, estos equipos son de primera. Siempre los mostramos, enseñamos su modo de uso y qué función cumplen, porque lanzarse al vacío con miedo no está bueno. Si uno confía y sabe qué está haciendo y con quién, nada es difícil. Acá llegan jubilados y se tiran como locos. Eso es genial”, cuentan.

Calzados los equipos, cuerdas y arneses, el desafío es bajar una pared vertical de varios metros alternando saltos, deslizamientos y pruebas, conforme la confianza va llegando al cuerpo. Una vez abajo el reto es mejorar lo hecho, y continúan largos ratos de descenso hasta los mates con galletas, que cortan la faena y sirven de preludio para lo que vendrá: una larga tirolesa de 200 metros que une el valle con la parte donde las bardas comienzan a hacerse sierras, sorteando por encima un pequeño arroyo. Allí se ha conectado la llegada con un caminito de ascenso, que posee otra tirolesa de regreso, cosa que entre ida y vuelta se completen unos 400 metros por el aire. Como en el rapel, las pasadas van mejorando con el tiempo, cuando la atención ya no está en cómo uno iría a caer sino en el placer de volar.

Piedra historia

Una galería antigua y habitada por más camas, sillones de hierro y almohadones que personas da la pauta del clima en la Hostería La Cascada, donde despertar con el aire serrano en la cara y el sonido del agua corriendo por el predio desacelera a cualquiera. Walter Orsi, encargado, comparte un mate con jengibre y explica: “Acá atrás está la naciente de la cascada, que baja de las sierras a puro golpe y se mete en diagonal por la hostería... un lujo”.

Al rato llega Ana Meineri, otra guía local, que propone recorrer el Valle del Picapedrero, enclave minero y tesoro regional cargado de historias que forma parte del Sistema de Tandilia, el plegamiento orográfico más antiguo del mundo. Un rato de camioneta nos deja en la tranquera, y apenas se camina un poco ya se ve claramente el trabajo de años atrás en las ranuras de sus rocas graníticas, cuando las canteras eran la fuente central de ingreso en la zona. Hoy el área está protegida y previa autorización se puede acampar y recorrer, aunque se recomienda ir con guía para entender por qué esas paredes parecen cortadas a cuchillo y qué destino tuvieron.

Presente en varios circuitos del casco urbano, decorando calles centrales, plazas, iglesias y barcitos típicos, esa misma piedra “tapizó” en forma de adoquines gran parte de los barrios tradicionales de Buenos Aires. Además de la famosa “movediza”, mole de granito de más de 300 toneladas que supo mantenerse en un curioso equilibrio al borde del cerro hasta su caída en 1912, y replicada en 2007 junto a la creación del Parque Lítico en el cerro, otra piedra histórica es la del cerro Centinela. También enorme, es apenas una de las visitas que propone el complejo, impresionante si los hay, erigido en el corazón de la sierra y cuyo mayor atributo es no haber alterado casi nada el entorno. Allí hay de todo: restaurantes diversos, productos regionales, aventuras nocturnas por el bosque o a caballo por plantaciones de frutas, campeonatos de paintball, toboganes de agua y la travesía en una aerosilla de 630 metros de extensión.

¿Algo más? “Estamos desarrollando el canopy, para seguir paseando por encima de los pinos”, asegura Bruno Cerone, uno de los responsables del lugar. Estar un rato implica subir y bajar la sierra una y otra vez, pasando del restaurante a la aerosilla o de un local de ventas a las plantaciones de frutas. Cuentan aquí que los propios relieves serranos son el resultado de montañas “comunes”, que originalmente tenían unos 8.000 metros de altura, y hace millones de años estaban tapadas por las aguas del océano. Al retirarse el mar, los pamperos soplaron desde la Patagonia y cubrieron con toscas y polvos la zona, a la vez que las cumbres fueron desgastándose por vientos y lluvias hasta quedar en sus niveles actuales. Esas lluvias produjeron también el milagro verde de los valles, fértiles y propicios para la ganadería y la agricultura.

Ciudad Gourmet

Tandil es reconocida también por sus exquisiteces gastronómicas. Estandarte nacional de los mejores quesos y chacinados, gran productora de dulces elaborados con frutos locales como la zarzamora, es un sitio perfecto para ir liviano y dedicarse a comer: todo es riquísimo. Basta sentarse a disfrutar de la provoleta especial o el asado criollo de la Pulpería, una esquina de rústicos ladrillos a la vista que sabe de tiempos en que las competencias automovilísticas doblaban justito en la puerta, y parecía que los autos iban a meterse de lleno entre las mesas del local.

Otro lujo de la cocina regional son las cazuelas y tablas de fiambres del resto-bar Vieja Cantera, decorado con madera de la zona y al pie del complejo religioso del monte Calvario. Otro lugar emblemático es Epoca de Quesos, hoy Monumento Histórico, que adaptó el restaurante a su casa original de 1860. Allí, en la única esquina sin ochava de la ciudad, se invita a degustar los mejores quesos con y sin condimentos, rellenos y de formas curiosas, además de fiambres y embutidos de primera calidad. Luego es cuestión de darse una vuelta y curiosear por paradores y negocios del impecable casco histórico que exhiben los productos orgullo del pago. Para la recorrida final queda el monumento al fundidor, solemne y plateado a un costado del dique contenedor; el paso por sus museos, todos igualmente interesantes; y la visita al mercado artesanal para traer de regreso algunos regalitos por muy poco dinero.

Fuente: Página 12 Turismo


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