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Publicado: 27/09/2009
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Fuente: Página 12 Turismo

Visita a los Castillos de Pincheira, un conjunto de curiosas formaciones rocosas a 27 kilómetros de Malargüe. Lugar ideal para acampar y recorrer a pie o a caballo, también invita a la pesca, la tirolesa y el rafting sobre el río, sin olvidar su antiguo yacimiento arqueológico ni las historias de bandidos que supieron habitar estos pagos.

Incontables mitos y leyendas guardan los llanos y las bardas del sur mendocino: basta preguntar un poco a los lugareños para soplar el polvo de la historia y que emerjan con fuerza algunos relatos sorprendentes. Y en Malargüe, cada uno de los áridos rincones parece albergar un trozo de historia, como en las formaciones rocosas que se han dado en llamar “Castillos de Pincheira”. Sobre un valle enmarcado hacia el oeste por barreras naturales de piedra cortadas a pique, mientras del otro lado resaltan los picos aún blancos de la cordillera andina, el lugar es un remanso que brinda un paisaje de fábula, con paz de campo, un camping y actividades para disfrutar del entorno durante varios días.

BIENVENIDA

Llegar hasta los pagos de Pincheira implica viajar desde la ciudad media hora, un poco por la ruta 40 y otro poco por un desvío de ripio que va introduciendo a los visitantes en el clima por venir. A unos cientos de metros de la entrada al complejo, nuestra camioneta se cruza con un hombre que baja al trote en medio del camino. Es Ramón Cara, propietario del lugar desde hace más de 20 años. “Me avisaron por teléfono que venían, y como casi no hay señal acá, me fui al cerro aquel a mandar un mensaje... Cosas de la tecnología moderna”, bromea. Un grupo de perros, sus compañeros diarios, nos da la bienvenida aunque la mayoría los ignora, anonadados ante el marco natural de los colosales castillos. “Pasen señores, están en su casa. Pincheira hoy no viene, así que tranquilos con las billeteras”, continúa con humor nuestro anfitrión, que además de prometer el relato “original” de los cuatreros, emprende una de sus labores más destacadas: “Mándense para el río, las bardas o las cuevas, o quédense mateando nomás, yo me voy a preparar el chivo. Y no saben qué chivo...”. Efectivamente, se dice que el local es el mejor chivo que puede comerse en todo Malargüe, mezcla de un horneado a barro y un toque final a la cruz.

Antes de eso, claro, es momento de recorrer el lugar y planificar las actividades para los próximos días, como la visita al sitio donde fueron hallados restos de la cultura indígena que habitó este suelo. A pocos metros de la casa-quincho ya se escucha el golpeteo de las rocas en el río, que lleva las aguas de deshielo hasta la ciudad, e invita a improvisar el escenario para saborear los primeros mates de la jornada. Entonces ocurre algo que poco tiene de explicación y mucho de sensación: todo sabe más rico, y el momento se disfruta como si fuera el último. Esa es en parte la propuesta del camping, que ofrece 650 hectáreas para colocar la carpa en soledad y gozar de una tranquilidad total.

BANDIDOS RURALES

La hora del chivo finalmente llega y con él las historias que dan nombre a la zona. Entonces descubrimos que la inmensa fortaleza de piedra debe su nombre a los Pincheira, una familia de seis hermanos chileno-españoles, con alma de caudillos y actos de cuatreros, que habitó el lugar entre 1818 y 1832. Dicen que José Antonio, el Pincheira más famoso, huyó del país hermano por la cordillera, acusado de varios robos, y fue el principal responsable del fortín construido en los accidentes geográficos donde hoy se emplaza el camping. Poco a poco los hermanos Pincheira fueron copando la zona aparentemente en defensa de la causa realista, intentando en un principio recobrar los territorios que España había perdido en la guerra de la independencia chilena. Algunas de las tradiciones orales afirman que llegaron a conformar un ejército con centenares de españoles, algunos nativos renegados y hasta caciques pehuenches; también hay informes que hablan de entre quinientos y mil hombres a caballo. Posteriormente sus actividades se transformaron en simples actos de bandolerismo, el saqueo de carruajes al paso y otros delitos menores. Desde 1822 la alianza con los pehuenches les permitió utilizar territorios fértiles para engordar el ganado robado en Buenos Aires y pasarlo luego a Chile. Se cuenta que cometían los asaltos en ambos países, y que en territorio argentino al parecer fueron responsables en 1830 de la matanza de blancos conocida como “Tragedia del Chancay”. La banda dejó su huella delictiva no sólo en Mendoza y Buenos Aires, sino también en San Luis, Córdoba y Santa Fe. La historia concluye con la entrega de José Antonio por propia voluntad al gobierno chileno, sabiendo que el presidente trasandino José Joaquín Prieto lo indultaría a cambio de parte de su botín, entregado justamente en estos “castillos” que llevan hoy su apellido. Algunos de los más encariñados con la leyenda del cuatrero relatan que, como una suerte de Robin Hood criollo, Pincheira tenía un corazón noble y solía repartir los tesoros obtenidos entre los más pobres.

HACIA LOS CASTILLOS

Geográficamente, los Castillos de Pincheira son parte de un conjunto sedimentario-volcánico, que se erigió sobre la roca caliza tras erupciones explosivas sobre fines de la Era Terciaria. Su posterior modelado por la acción erosiva de los vientos y el río refinó ese toque aparente, imaginación mediante, de un castillo medieval. Las formaciones comienzan en las vertientes del cerro Algodón, a 2163 metros de altura, y se extienden entre la margen derecha o sur del río Malargüe y el arroyo Pincheira, un espejo de agua también atractivo. Para llegar hasta allí hay varias opciones, pero nuestra elección es el trekking: según Ramón, lo que mejor permite observar las bellezas del paisaje, y al ritmo de cada uno. En promedio son un par de horas de leve ascenso, sorteando primero un delgado puente colgante de tablones y cables de acero que cruza el río con vaivén incluido. Una empresa complicada para los que sufren de vértigo.

Sobre la vera del río se destacan las vegas o mallines, cuya provisión permanente de agua en el suelo genera, además de la valorada vegetación, un entorno propicio para las vizcachas serranas, los choiques y algunos zorros colorados. Del otro lado ya comienza a crecer ese monumento natural inserto en el clima árido propio de Malargüe, donde es común ver mucha jarilla (una hierba medicinal), los espinosos molles y el tradicional álamo “corta vientos”, que interrumpe los amplios espacios de campo libre. La presencia del viento zonda y las escasas lluvias, que cuando llegan caen como aguaceros, explican las razones de ese remate casi artístico que poseen algunas de las torres. A medida que se avanza en la montaña, el paraje abre nuevas perspectivas para admirar la caprichosa fisonomía de las rocas, y entonces las cuevas que parecen pequeñas se van agigantando más y más. Más adelante es posible llegar a un sector que antiguamente fue un yacimiento con rica evidencia arqueológica. Utilizados como protección por los pehuenches, por su difícil acceso, estos castillos naturales servían también para la conservación de sus cerámicas y otras pertenencias. Del mismo modo, fueron halladas puntas de flechas, chaquiras (cuentas de collar) y demás restos que describen el paso y la vida de los pobladores originarios, reliquias conservadas hoy en los museos regionales. Ya promediando el camino, el desafío lo establecen las cuevas, y hay que ingresar a alguna de ellas para que el trekking no sea en vano. La cárcava más grande del sector frontal ofrece un empinado ascenso final, pero su vista interior, desde donde todo parece llanura, bien vale la pena. El recorrido concluye en las torres, que merecen cierto respeto y el guiado de algún local, para llegar a un mirador sin igual, donde se está en la elevada compañía de cóndores y águilas moras, contemplando como ellos lo pequeño que se ve todo allí abajo.

MAS ACTIVIDADES

Además de su belleza, el brazo del río Malargüe entra en acción permanente en esta época del año. Desde la divertida experiencia del rafting (escala 2 y 3, apto para niños) a la posibilidad del chapuzón para los más corajudos, el agua es protagonista central para los visitantes. Es el momento en que todo el predio saca a relucir sus colores, y las entretenidas excursiones se ponen en marcha para quienes llegan a pasar algunos días de camping. Río y arroyo son también lugares indicados para la práctica de pesca deportiva, con buenas piezas de trucha y bagres autóctonos. En su cuenca se destaca el otuno o bagre aterciopelado, reconocido como especie amenazada de extinción a nivel mundial, así como el pato del torrente. “Este año incorporamos una pequeña tirolesa que cruza de lado a lado el río. No lleva gran dificultad, justamente para que toda la familia pueda realizarla”, confirma el propietario. El otro gran atractivo son las cabalgatas por las planicies y pequeñas travesías en 4x4, una mezcla de adrenalina con avistaje de flora y fauna. También hay circuitos para realizar en mountain bike, y sectores propicios para un tour fotográfico. Pero no sólo el trekking es posible hasta las cuevas y torres: las paredes de los castillos son protagonistas de la escalada media, combinando técnicas de montañismo y rappel. Este conjunto de excursiones ya está en marcha, y permite varios días de variado entretenimiento que se completan con las delicias de la cocina criolla. Que a fuerza no sólo de chivo, sino también de pastas caseras, tortas fritas al disco y panqueques caseros, devolverá todo el peso perdido en las salidas.

Fuente: Página 12 Turismo
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/turismo/9-1623-2009-09-27.html


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