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Publicado: 16/01/2011
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Fuente: La Capital Turismo

Al visitar esta bella región del sur mendocino, se descubre que es imposible no pasarla bien en un viaje en el que se puede conjugar fácilmente la inmensidad del paisaje, la belleza que la naturaleza nos regala sólo en este rincón del mundo, la excelente gastronomía con marcada reserva de sabores autóctonos y el asesoramiento oportuno que llega de la mano afable de guías y moradores.

La Payunia es la reserva natural más grande de la provincia de Mendoza y está ubicada a unos 180 kilómetros al sudoeste de Malargüe. Tiene una extensión de 450 mil hectáreas en la que se distribuyen unos dos mil volcanes (800 contados en la reserva) que tuvieron actividad en distintas eras geológicas y permiten leer la evolución del planeta hasta nuestros días. Más allá del profundo interés que despierta en geólogos y vulcanólogos de todo el mundo que la visitan con frecuencia, la reserva genera impacto por la singularidad de un paisaje conformado por las secuelas de las sucesivas erupciones volcánicas de la región que, para quien no posee conocimientos sobre el tema, parecen ocurridas ayer.

Como en Marte

Con esas características esta zona precordillerana regala diversidad de colores, suelos de grava negra y rojiza (lapillis), vegetación desértica y fauna que se descubre y deslumbra durante el recorrido. Para los más entendidos, el atractivo se centra en la amplia variedad de tipos de volcanes y la cantidad, diversidad y extensión de sus coladas de basalto, (las más grandes del mundo), sólo comparables a las avistadas en Marte.

La lava fragmentada en forma de grava y su variación de colores según su composición mineral conforman extensísimos escoriales llamados Pampas Negras que llegan hasta el horizonte y deslumbran con su singular belleza. También abundan los campos de bombas volcánicas (piroclastos), trozos de lava que fueron lanzados por las erupciones en forma líquida y cayeron sólidas al suelo. Estas formaciones junto a filtraciones de lava desde las cámaras volcánicas conforman paisajes con formaciones rocosas caprichosas y singulares que hacen de la reserva un espectáculo paisajístico único, además de graficar cómo la naturaleza protagonizó en la región una de las mayores sagas en materia de erupciones volcánicas.

Los circuitos turísticos recorren rigurosamente los caminos señalados dentro de la reserva para no dejar marcas de vehículos fuera de huella. Por esa razón, para ingresar a la zona es condición consultar a los guías habilitados por la Secretaría de Turismo de Malargüe.

Las malas experiencias respecto al cuidado y preservación del lugar se remontan a la década de los 70, cuando camiones de la empresa YPF transitaron los campos de grava y dejaron sus huellas que aún perduran y lastiman el inmaculado paisaje. Lo mismo ocurrió años después, con la visita de un contingente de turistas que con sus camionetas 4 x 4 “araron” círculos sobre la grava para demostrar el poderío de sus motores. Párrafo aparte merecen los excelentes servicios de guía que programan salidas de uno o varios días, con previsión de campamentos en riales (refugios de piedra) y parajes de alta montaña con todo incluido.

Se parte desde Malargüe bien temprano para cubrir las dos horas sobre la ruta 40 y llegar a La Pasarela, el punto donde la legendaria ruta traspone el cañón que el río Grande formó sobre una lengua de lava y rocas basálticas cuyo color y brillo recuerdan al del ébano. Una fascinante formación que abre el camino a la tierra de los volcanes y a un sinnúmero de espectáculos geológicos maravillosos que sucederán durante el trayecto. Esta formación, bautizada por los hawaianos “pƒhoehoe” se formó por la combinación de temperaturas y fuerzas diferentes aportadas por el avance alternado de los ríos de agua y lava, de este sector de la reserva.

Después sucede en el camino el majestuoso paisaje de Pampas Negras y el tránsito entre los cráteres y volcanes más llamativos como el Payún Liso, Morado Norte, Payún Matrú, Santa María y Herradura y los lugares conocidos como Los Colores, Museo de Cera y estratégicos miradores. Estas maravillosas experiencias adquiridas durante las jornadas de visita a La Payunia, serán revividas en cada campamento en los que alternarán emociones, cuentos, leyendas y sabores regionales, al calor de las llamas del fogón, de amigos y anfitriones.

Laguna de Llancanelo

Algo más de dos horas de viaje hacia el sur por caminos de lava que trasponen campos petrolíferos, incontables picos volcánicos que contornean el horizonte y bajo la mirada curiosa de enormes manadas de guanacos, aparece la Reserva Natural Laguna de Llancanelo. Desde lejos, su imponente espejo de agua de unos 40 por 20 kilómetros, se confunde con el reflejo de la salina que lo contiene.

Su cuenca endorreica recibe las aguas del río Malargüe y otros afluentes más pequeños, que en conjunto generan el espejo de poca profundidad y gran extensión. El lago y la reserva fueron designados sitio Ramsar en noviembre de 1995. La zona constituye una atracción turística única por sus paisajes que contrastan entre los colores de la sal, el agua y el fondo de volcanes, que se duplican en la laguna.

Pero además se completa con la invalorable posibilidad de aprender secretos sobre la vida de gran cantidad de especies de aves que se encuentran en peligro de extinción que anidan, se alimentan y migran desde este lugar a otros humedales del mundo. La fauna que habita el humedal se completa con flamencos, patos, gaviotas, chorlos, garzas, cigüeñas, cisnes, mulitas, zorros, guanacos, liebres, maras y ñandúes.

En términos de turismo, las visitas al lago están actualmente restringidas a caminatas guiadas y sendas naturales convenientemente acompañados con guías especializados, quienes gestionan la autorización de visita ante las autoridades de la reserva. Se encuentra a sólo 75 kilómetros al Este de Malargüe y si bien, se puede visitar en una excursión de un solo día, vale la pena acampar, disfrutar de los exclusivos matices que regala el atardecer sobre el lago, enmarcado entre los volcanes Carapacho, Trapal y Coral.

Cabalgata en la cordillera

De la mano de la agencia Pampas Negras, la visita a la Estancia La Herradura para una tarde de cabalgata en un entorno agreste cordillerano se torna una experiencia única. Poco después del almuerzo y tras recorrer 40 minutos de caminos irregulares hacia el oeste de Malargüe, se avista el casco de la estancia enclavado sobre terreno rojizo por las altas concentraciones de mineral de hierro, característico en la zona.

Desde el ingreso a la establecimiento ganadero el cálido recibimiento de los propietarios y baqueanos invita al relax, a la sombra de los sauces, mientras se aprecia la naturaleza y se disfruta del fogón donde chirrian las tortafritas recién preparadas y corre el mate. Mientras se preparan las cabalgaduras, las historias y leyendas del lugar comienzan a señalar los lugares de enfrentamiento entre nativos y soldados de la Campaña del Desierto. “También se dice que a pocos kilómetros están enterradas las armas de los uniformados emboscados por los indios de Pincheiras en el marco de las batallas entre Unitarios y Federales, en la que le costó la vida al gobernador de Mendoza Juan Corvalán y a un grupo de ayudantes y ministros”. Las semblanzas históricas continúan en un cementerio aborigen ubicado sobre una loma cercana, donde también es habitual hallar puntas de flechas y fósiles marinos.

Más tarde cambia el paisaje y las bardas blancas empiezan a reflejar los colores del sol que empieza a aflojar. Varios cruces por un río de montaña fresco y cristalino que se propone como prometedor escenario para los adeptos a la pesca de truchas. Allí, desde el los altos valles, es cercana la vista de las condoreras cercanas a las cumbres. Es posible apreciar el vuelo majestuoso del rey de los aires andinos y si se viaja en tiempo de cría, los vuelos iniciales.

De regreso

El camino de regreso depara un sendero alternativo con mesetas con vegetación agreste que permite talonear y ensayar un galope tendido. El regreso es más rápido y el ritmo invita al desafío. Solo un par de caballos salvajes interrumpe la carrera hacia el casco. Allí, el fogón renovado, los bombos y las guitarras invitan a nuevos manjares del lugar. El día se va y el espíritu se renueva.

Fuente: La Capital Turismo


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