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Publicado: 13/12/2009
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Fuente: La Capital Turismo

Cuando los jacarandaes están en flor, el norte cordobés se tiñe de lila. Entre los cerros, bordeando calles, en los patios y veredas, el color vivifica el paisaje. La intensa sequía que viene recordándole al hombre lo que tiene que hacer con la tierra, no impide una visita al Cerro Colorado, justo en donde se unen los departamentos Sobremonte, Río Seco y Tulumba. Ubicado a 160 kilómetros de la ciudad de Córdoba, desde 1992 está declarado como Reserva Natural y Cultural con una superficie de 3.000 hectáreas de tierras protegidas. En sus bosques serranos y relictuales de mato (myrcianthes cisplatensis) todavía se puede escuchar el canto de muchos pájaros como zorzales, calandrias, carpinteros y crespines.

Las especies autóctonas molle, coco, manzano del campo, algarrobos, talas y mistoles junto a la palma Caranday, conforman un paraíso donde encuentran refugio, corzuelas, pecaríes, conejos de los palos, vizcachas y hasta "leones", como le dicen los lugareños a los pumas americanos.

El arroyo de la Quebrada, el de la Cuesta, de los Molles, entre otros pequeños y sinuosos cursos de agua alimentan al río de los Tártagos, que es delgado, manso, tranquilo pero cuando tiene que demostrar su bravura, lo hace sin reparo, con firmeza arrolladora, como la misma fuerza del paisaje que es también la que tiene la gente del norte cordobés.

Pictografías y luminografías

Esta tierra fue elegida por su pueblo originario para el encuentro, y cuando se tiene la posibilidad de quedarse un par de días en ella, uno se da cuenta por qué. En las paredes de arenisca erosionada de los aleros y cuevas, se conservan pictografías que reflejan la historia contada por sus propios protagonistas, comechingones y sanavirones. Se observan vestigios pictográficos de los horizontes culturales en diferentes estadíos históricos; cuando fueron recolectores, cazadores, agricultores hasta la llegada y el contacto con el español.

   Son mas de 40.000 imágenes distribuídas en las laderas de los cerros Colorado, Inti Huasi y Veladero, además de campos privados donde se puede ingresar para verlas con un guía de sitio, mediante autorización de sus propietarios. Las pinturas muestran escenas de caza, actividad económica, rituales, danza y ceremonias mágicas que fueron realizadas en colores rojo, blanco y negro, obtenidos por óxidos de calcio, hierro, caparazones de caracoles molidos, huesos calcinados, tiznes y hollines.

   En las últimas investigaciones se han detectado luminografías que se pueden apreciar en determinadas épocas del año como solsticios y equinoccios, cuando los rayos del sol entran por lugares claves formando maravillosos juegos de luces y sombras donde aparecen. Guerreros emplumados, abrazos en cadena, chamanes, guanacos, serpientes, bailarines, figuras geométricas que coinciden con los mismos motivos de las pinturas rupestres indicando presencias que van mas allá de lo racional.

   En el Cerro Colorado, el hombre ha dejado plasmada la vida misma, el entorno natural con el que vivía en comunión permanente, pero también ha legado su pensamiento, su voz, su emoción que es la misma que siente el visitante al contemplar la obra. En las paredes, auténticos "libros de piedra", se encuentran mensajes cósmicos, que fueron dejados para que el hombre actual despierte su conciencia a lo largo de de estos tiempos.

Agua escondida

Caminando por el arroyo se llega a Agua Escondida, la casa museo donde encontraba refugio Atahualpa Yupanqui, el río por ese lugar hace una curva y parece más profundo. En una de las terrazas está el roble que cobija las cenizas de Atahualpa junto a las del bailarín Santiago Ayala y por todos los espacios, carteles de madera con fragmentos de poesías del más grande creador popular de la Argentina.

   El visitante recorre las diferentes salas de la casa como la biblioteca, el dormitorio, el comedor, y con cada objeto confirma la mirada universal y poética que tiene la obra de "Don Ata" que vivió allí, junto a su mujer Nanette, conocida como "Pablo del Cerro", seudónimo que usaba para firmar sus escritos. Agua Escondida, es un lugar donde se manifiesta la simpleza, en la arquitectura, en las pertenencias, desde la guitarra que usara hasta los regalos recibidos por personas de todas partes del mundo. Cartas, indumentaria, premios, colección de instrumentos y enceres criollos reflejan el reconocimiento y el valor cultural que tenía Don Atahualpa por el mundo.

   En el Cerro Colorado, es posible encontrarse con gente que contagia las ganas de vivir, como la Bety Medina, artesana no vidente que desde hace años vive sola en el campo tejiendo cestos en palma caranday, a la que hace poco se le quemó el rancho pero sigue adelante, apuntalada por sus amigos que la están ayudando a levantar otro, andando montada en su yegua que la lleva por los caminitos de arena y piedra.

   Es posible en el Cerro también hablar de los misterios del sentir con Ramón, uno de los guías de sitio más solicitado, que se sobrepone a los temblores que la vida le ha presentado, sostenido por Griselda y sus hijos. Es posible amasar la tierra y los sueños en el taller artístico de Marcelo Vena y Mariana Balidsky que trabajan la arcilla y pintan escenas desde el cerro para el mundo.

   Como es posible también charlar y tomarse un mate en el patio de doña Blanca, la viuda del Indio Pachi; pasar por el almacén de Julio y Estela y encontrarse con la gente que baja desde los puestos a comprar provisiones; saludar al inquieto Hugo Mario y tomarse algo en su tradicional comedor; dejarse contar anécdotas por Hugo Argañaraz que recuerda con lágrimas en los ojos cuando Don Ata le cantaba canciones de cuna, mientras vivió cinco años con ellos. Es un placer ver a Gerardo, el vital farmacéutico al que todos conocen como "Chirola" atendiendo con tanta dedicación a los contingentes de estudiantes que paran en el complejo turístico de su familia.

   Y es un deleite caminar por los senderos con Teté, que además de contar la historia del lugar atrapa con sus fantásticas leyendas, hace sonar "zumbadores" (instrumento de madera) como en los tiempos antiguos, para que los "jotes", guardianes del cerro, se asomen en sobrevuelo como saludando a los viajeros que se llegan hasta allí.

   Es posible cruzar información con los guardaparques y guías, con los chicos que venden pan casero y yuyitos desde el caballo y en una esquina encontrarse al "Colla" Chavero que continúa emanando cultura con la obra de su padre desde la Fundación Yupanqui. En el Cerro todo es posible, todos se conocen y su gente trabaja como siempre para que se recupere la identidad, se preserve el patrimonio y se conserven las tradiciones.

Fuente: La Capital Turismo
http://www.lacapital.com.ar/ed_turismo/2009/12/edicion_60/contenidos/noticia_5090.html


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